Federico Valverde | Foto: RM
Hay noches en el Santiago Bernabéu que no se explican. Se sienten, se recuerdan, se cuentan durante años como si fueran pequeñas leyendas.
La del Real Madrid ante el Manchester City (3-0) fue una noche de esas que resuenan en la memoria de tan solo algunos madridistas. Y como protagonista de la hazaña aparecía tan inesperado como inevitable, Fede Valverde.
Ay pajarito. Ay Capitán. No solo jugaste el partido como Santiago Bernabéu dictaba. Lo incendiaste.
Durante meses, el equipo blanco ha sido un equipo irregular, a ratos desconectado, a ratos irreconocible. Un conjunto capaz de sobrevivir, sí, pero no siempre de imponerse. Por eso lo del City no fue solo una victoria en unos octavos de final de Champions. Fue una reivindicación. Una especie de recordatorio colectivo de lo que este club puede ser cuando decide serlo.
Y ahí apareció el Ave Fede.
El primer gol llegó tras un pelotazo largo de Thibaut Courtois. Control largo, recorte, regate a Donnarumma y gol a puerta vacía. Gol de listo. Todo en apenas dos parpadeos. A penas siete minutos después, el segundo, con un disparo cruzado tras un balón suelto dentro del área. Y el tercero, el más bonito, un sombrero en el área pequeña y una volea que levantó al Bernabéu del asiento como hace partidos que no sucedía. Los madridistas gritaban, los jugadores se abrazaban y Brahim y Vinicius le mostraban tres dedos al uruguayo, por si había perdido la cuenta. Hat-trick antes del descanso. Histórico.
Pero la noche no fue solo de Valverde. Fue también de un equipo que, por fin, jugó como se espera del Real Madrid en Europa. Presión solida, ayudas constantes, intensidad en cada balón dividido… Si uno no llegaba, lo hacia otro. Si uno perdía la pelota, tres corrían a recuperarla. Algo tan básico en el fútbol… y tan escaso en muchos tramos de esta temporada.
Quizá por eso la sensación que dejó el partido fue doble: orgullo y reflexión. Las dos caras de la moneda.
Porque el Real Madrid fue capaz de someter al Manchester City de Pep Guardiola, de ganarle la batalla táctica y de firmar un 3-0 que deja muy encarrilada la eliminatoria antes de viajar al Etihad. Porque el plan de Álvaro Arbeloa funcionó y porque futbolistas jóvenes como Thiago Pitarch sostuvieron el centro del campo con personalidad.
Pero también porque quedó una pregunta flotando en el aire del Bernabéu: ¿por qué no siempre es así?
El mismo equipo que ha dejado dudas durante meses fue capaz de golear a uno de los gigantes de Europa cuando todos remaron en la misma dirección. Cuando hubo compromiso, intensidad y hambre de goles. Cuando el escudo pesó más que las dudas.
El partido tuvo incluso hueco para hacer matices. Courtois sostuvo al equipo en momentos puntuales, Vinícius provocó un penalti que luego falló y el Madrid sufrió alguna lesión más (Mendy) en una temporada marcada por ellas. Pero nada empañó la sensación dominante, el Madrid parece volver a ser el Real Madrid.
Y en medio de todo esto, Fede Valverde. Un futbolista que nunca negocia el esfuerzo, que corre como si el partido dependiera de él, porque muchas veces así es, y que anoche añadió a su repertorio algo más, tres goles y una actuación para el recuerdo.
Hay jugadores que aparecen en las noches grandes. Y luego está lo de Valverde, que no apareció, renació.
Como un ave fénix vestido de blanco.
O, mejor dicho, como el Ave Fede.
