Luis Milla y Juan Iglesias | Foto: Getafe C.f.
El Getafe CF da un paso casi definitivo tras imponerse con autoridad al Athletic Club (2-0) en el Coliseum, no solo se acercan a la salvación, sino que abren la puerta a un sueño inesperado
El Getafe CF vuelve a respirar. Y no es un suspiro cualquiera. Es de esos que nacen desde el fondo del pecho, después de meses de angustia, de dudas y de mirar más hacia abajo que hacia adelante. Hoy, en el Coliseum, el aire es distinto. Huele a alivio… y también a algo más, a ilusión.
Hace no tanto, el equipo azulón caminaba con miedo. La temporada empezó torcida, con una plantilla corta y un discurso resignado de José Bordalás que hablaba de un “lápiz sin punta”. El descenso asomaba en enero como una amenaza real. Pero el fútbol, como la vida, a veces da segundas oportunidades. Y el Getafe la ha sabido aprovechar.
Los refuerzos cambiaron el rumbo. Nombres como Zaid Romero, Luis Vázquez o, sobre todo, Martín Satriano encendieron una chispa que hoy ya es fuego. En apenas tres meses, el equipo ha pasado de sufrir a competir… y de competir, a creer.
La noche del 2-0 ante el Athletic Club fue la confirmación de todo eso. No fue solo una victoria. Fue una declaración.
El partido empezó con respeto, incluso con cierto dominio visitante. Pero el Getafe no necesitó mucho para golpear. Antes del cuarto de hora, un centro lateral, un cabezazo, un rechace… y el balón terminó dentro. Gol que acabaría siendo para Luis Vázquez, aunque la jugada llevaba la firma compartida con Satriano. Fue el primer rugido del Coliseum.
A partir de ahí, el Getafe se hizo grande. Jugó a lo que sabe. En el campo se apreciaba orden, intensidad y veneno en cada balón colgado. El Athletic lo intentó, tuvo una ocasión clara con Berenguer, pero no encontró el camino. Y cuando el otro equipo duda, el Getafe aprieta.
La segunda parte fue de resistencia y paciencia. Los azulones ya no necesitaban correr, solo esperar su momento. Y llegó al final, en el minuto 89. Un regalo en defensa, una carrera y Satriano, esta vez sí, no perdonó. El 2-0 fue el cierre perfecto. El broche. La certeza.
El Coliseum, entonces, ya no era un estadio. Era una fiesta.
Hoy, el Getafe es octavo. Empatado a puntos con la Real Sociedad. Con la permanencia prácticamente en el bolsillo y ocho jornadas por delante. Nadie lo esperaba. Quizá ni ellos mismos.
Por eso ahora, sin presión y con los deberes casi hechos, el equipo se permite algo que hace meses parecía imposible, pueden soñar. Soñar con Europa. Soñar con volver a ser ese “EuroGeta” que incomoda a todos, con seguir escribiendo una temporada que ya es, pase lo que pase, una de las más valientes que se recuerdan en el sur de Madrid.
Porque este Getafe ya ha ganado algo más importante que puntos. Ha recuperado la fe del equipo, y sobretodo de la afición. Y cuando un equipo cree, ya sabemos, todo es posible.
