Afición del Rayo Vallecano durante un partido | Foto: Rayo Vallecano |
Vallecas siempre ha sido sinónimo de lucha, pero ningún equipo puede competir eternamente contra sus propias carencias. Cuando la precariedad se vuelve rutina, deja de ser un problema puntual y se convierte en una forma (o falta de ella) de gestionar.
Imaginad que trabajáis en una empresa cualquiera. Un lunes se va el wifi. El martes falla un ordenador. El miércoles no hay luz. El jueves el aire acondicionado no funciona. ¿Iríais motivados a trabajar? ¿Rendiríamos igual? ¿Nos parecería normal? Probablemente no. Porque nadie puede desarrollar su profesión en un entorno que se cae a pedazos.
Eso mismo es lo que le está ocurriendo a la plantilla del Rayo Vallecano.
Lo del césped de Vallecas no es un accidente aislado. Es el último capítulo de una serie que parece no tener fin. Primero fueron las duchas sin agua caliente. Después las quejas por la falta de limpieza. Vestuarios hechos un desastre. Instalaciones cuestionadas por la propia plantilla a través de la AFE. Y ahora, el terreno de juego impracticable que ha puesto en riesgo la disputa del derbi ante el Atlético de Madrid y ha obligado incluso a plantear Butarque como alternativa.
Un estadio debería ser el hogar de un equipo. Vallecas, sin embargo, se ha convertido en una casa con goteras donde cada semana se rompe algo nuevo. El césped, recién cambiado, no enganchó bien, pero la lluvia hizo el resto. Y el partido ante el Oviedo tuvo que suspenderse, a solo unas horas de disputarse, con la afición visitante ya en Madrid y con unos gastos de entradas que el Rayo Vallecano ha prometido hacerse cargo, eso sí, confía tu IBAN a Presa, que igual te carga la factura de luz. Pero lo más grave no es el césped levantado. Lo más grave es que la imagen del club vuelve a quedar embarrada.
Mientras tanto, el ruido institucional no frena. Raúl Martín Presa parece que está más interesado en ganarle su pulso personal a la Comunidad de Madrid en vez de ejercer como lo que es, presidente de un club. La afición vuelve a manifestarse, como siempre, en un intento fallido de echar a alguien que está más a gusto llevando un club a la deriva que un bebé en brazos. Y en medio de este caos y lucha de egos, los futbolistas intentan entrenar donde pueden o más bien, donde les dejan.
Porque esa es otra: el primer equipo ha tenido que desplazarse en una ocasión al campo Municipal Virgen de La Torre para poder trabajar con normalidad. Campo donde por cierto el filial tiene que jugar finde si y finde no porque también el campo 4 de la ciudad deportiva da pena. Campo que es del Vallecas CF, club que juega en Segunda Regional. Es como si una empresa tuviese que obligar a sus trabajadores a cambiar cada semana de oficina porque la suya no reúne las condiciones mínimas.
El problema no es solo deportivo. Es estructural. Es una sensación constante de precariedad. El Rayo Vallecano no compite solo contra sus rivales en el campo, compite contra sus propias carencias fuera de él. Y eso desgasta. Mentalmente, profesionalmente e institucionalmente.
Los comunicados ya no sorprenden y mucho menos sirven. Las críticas al presidente tampoco. La palabra “caos” empieza a sonar habitual. Pero lo verdaderamente preocupante es la normalización de lo anormal. Que un equipo de Primera División tenga que plantearse jugar un derbi fuera de su estadio por el estado del césped debería ser una excepción histórica, no un capítulo más en una cadena de episodios polémicos.
Un club es mucho más que once jugadores y un escudo. Es infraestructura, planificación, gestión y respeto por quienes lo representan dentro y fuera del campo. Si cada semana surge un nuevo problema, el mensaje que se transmite es claro: no hay estabilidad. Y eso se refleja en lo deportivo, si los jugadores cada día tienen que ir a entrenar con la incertidumbre de saber a qué campo nuevo les tocará ir, es normal que no rindan en los partidos. ¿Quién lo haría realmente en esa situación?
Vallecas siempre ha sido sinónimo de resistencia, de identidad y de orgullo de barrio. Pero ningún orgullo compensa trabajar en condiciones que no están a la altura de la élite profesional. El césped es solo la superficie visible. Lo que preocupa es lo que hay debajo.
Y cuando lo que hay debajo es inestabilidad, el problema no se arregla cambiando de estadio. Se arregla cambiando la forma de gestionar. Y sobre todo de quién lo gestiona.
